jueves, 30 de mayo de 2013

Saturno retrógrado.

-Y seguís enredándote el pelo en la pulcra esclavitud de subirte al galope de la insulsa rutina atragantándote con el desayuno, poniéndote una bota con una mano y con la otra tanteando al reloj, subiendo al bondi a las corridas, viajando de parada con las contracturas, entre alientos fétidos matutinos, entre brazos y torsos desconocidos, arañando inútilmente el deseo que se te clava como una estaca en el pecho, de no terminar siendo una gila más de esta sociedad, una marioneta de la conformidad más inconforme.

(Mientras tanto...)

El sosiego de la angustia, tan burlón como un dios patético en zapatillas, le sigue recordando que la vida se le pasa; ella intenta hacerse la boluda mientras prende un cigarrillo a media mañana, en una calle sin nombre llena de rostros iguales, intentando no arruinar el disfraz con columna recta que posa todos los días en el espejo.

Busca desesperada en su cuaderno de escritos algún letrero que indique por donde era que tenía que ir, para reencontrarse con esa flecha inequívoca, que le ladre en los oídos adónde quedó esa vida próspera de espiritismo y maestría ascendida... ese aura brillante chorreándole por los poros. Pero ahí no dice nada, son solo un montón de hojas repletas de mamarrachos. Es más de todo lo mismo. Tira el cigarrillo con rabia como si fuera el culpable de su insatisfacción continua, como forma de sentirse poderosa aunque sea por un segundo, sobre algo tan vulgarmente ínfimo. 


Y ya se le hizo tarde otra vez...
El sol enfurecido la echa pegándole cuchillazos de luz en la cara,
y no sabe donde encontrar esa cantimplora de respuestas en el desierto de su ser. 
A veces lo peor en la vida es no entender porqué.